29O, la otra Catalunya

29O, the other Catalonia

No soy de banderas. Me siento identificada con la española en la medida en que pertenezco legalmente a España. Me identifico con la catalana en la medida en que pertenezco legalmente a Catalunya. Pero no las puedo hacer mis insignias, teniendo en cuenta que como española o catalana, no me siento ni de Sevilla, ni de Madrid, ni de Lleida, sino principalmente de mi entorno, de mi barrio, y de mi gente. Y esa insignia la llevo dentro, en mi manera de ser, y en mi manera de mirar. En la manera en la que me he ido creando a mí misma mediante mi familia, mis amistades, mi escuela, y mis experiencias. Y, en ese caso, o debería identificarme como “de mi casa”, o bien como “del mundo”, teniendo en cuenta que todos nosotros lo formamos, y no hay nada que me llene más que seguirme sumando piezas de todos los rincones del planeta.

Como decía, yo no soy de banderas. Pero sí soy de respeto y de libertad. Y hoy he querido caminarme Paseo de Gracia (en la ciudad donde nací, y que siento parte de mí por las experiencias que he vivido en ella), con mi Pentax en mano, para ver algo inaudito en todos los años que tengo de vida (que no son muchos, pero son todos los de mi existencia). He visto una gran calle (o varias) vestidas de rojo y amarillo. Banderas institucionales catalanas y españolas por doquier. Y, lo admito: la sorpresa me ha hecho esbozar una sonrisa. 

Para mí, hoy, 29 de octubre de 2017, las banderas que daban color al paseo eran reflejo de una libertad coartada durante muchos años. ¿Por quién? Quizá por prejuicios, aunque también por un pasado que todavía hace luces a la sociedad actual catalana. Esa rojigualda en asta, a modo de capa o de falda… ha sido un llamamiento, no sólo a la unión, sino a las voces calladas durante tanto tiempo por no ser tachadas de fascistas. Voces que habían preferido limitar su libertad, a ser señaladas en sus trabajos, el colegios de sus hijos… y su entorno.

Precisamente por no ser de banderas, creo en un mundo mucho más unido en el esplendor de su pluralidad. Y, desde luego, lo que no tolero son las imposiciones y el egoísmo: esas actuaciones y palabras que sólo miran a unos y olvidan a otros.

Tengo amigos y conocidos separatistas y unionistas, bastantes de ambos bandos, y siempre intento preguntar y escuchar para entender los diversos puntos de vista. ¿A qué conclusión he llegado? Lo que se quiere por ambos bandos es un cambio, o varios, porque el progreso es el futuro. ¿Y cómo se consigue? Apretando fuerte la mano a la democracia y hablando. Hablando mucho. Pero hablando de verdad, y no lo que estamos viendo estos últimos meses por parte de ambos bandos.

Hay que hacer un cambio de mentalidad, abrir nuestras fronteras intelectuales y empáticas, y querer crear un proyecto común que se dirija al bienestar de todos y no sólo de unos pocos. Dejar de crear barreras: ni físicas, ni políticas, ni personales… Y dejar el pasado y el odio a un lado. ¿No venimos todos del mismo lugar? 

El acto de hoy (también como el del pasado 8O) ha sido un llamamiento a los callados, a los pacíficos unionistas que estaban sumidos en una Espiral del Silencio. Es por eso que lo ensalzo como un acto histórico, como mínimo de la historia más reciente de Catalunya. Eso sí, en ningún momento omitiré la actuación de algunos ultras que, más tarde, han intentado sembrar el odio en un escenario pacífico y esperanzador.

No dudo que hay un proyecto enorme detrás de España y de su gente tan plural. Un proyecto que debe resembrar muchas de sus raíces, y que se debe regar con abundante empatía (y la repito, por su suma importancia) para poder dejar ir un odio que perdura después de tantos años de democracia. Sin duda, el trabajo es de todos. Pero primero, otro gran proyecto es el de conseguir recorrer este largo camino de distanciación entre pueblos para llegar juntos a un punto común: un nuevo proyecto para los ciudadanos de esta tierra que es Catalunya, que es España.


 

English version

I am not a flags person. I feel identified with the Spanish one to the extent that I belong legally to Spain. I identify myself with the Catalan in the measure I legally belong to Catalonia. But I cannot do them my badges, taking into account that as a Spanish or Catalan, I do not feel neither of Seville, nor of Madrid, nor of Lleida, but mainly from my surroundings, from my neighborhood, and from my people. And that badge is the one I carry inside, in my way of being, and in my way of looking. In the way that I have been building myself through my family, my friends, my school, and my experiences. And, in that case, I should identify myself as “belonging to my home”, or as “part of the world”, as that is where we all come from, and there is nothing that fills me more than to keep adding pieces to myself from every corner of the world.

As I said, I am not a flags person. But I do of respect and freedom. And, today, I wanted to walk Paseo de Gracia –in the city where I was born, and where it feels part of me for the experiences I have lived in–, with my Pentax camera in hand, to see something unbelievable I have never seen in all the years I am alive –which are not too many, but are all of my existence–. I have seen a large street –or several– dressed in red and yellow. Catalan and Spanish institutional flags everywhere. And, I admit: that was a surprise that made me smile.

For me, today, October 29th, 2017, the flags that were coloring the roads were reflection of a restricted freedom for many years. By whom? Perhaps by the prejudices, but also by a past that still shades the Catalan society today. That “rojigualda” in antler, as a cloak or skirt… has been a call, not only to the union, but to the voices that have been silent for so long because, otherwise, they were labeled as ‘fascists’. Voices that had preferred to limit their freedom, rather than be singled out in their jobs, their children’s schools… and from those who are around them.

Precisely for not being fan of flags, I believe in a world much more united in the splendor of its plurality. And, of course, what I do not tolerate are impositions and selfishness – those actions and words that are only directed to some, and forget the others.

I have friends from both, separatists and unionists sides, and I always try to ask and listen to understand the different points of view. What is my conclusion? The aim of two sides is the change, because progress is the future. And how it is achieved? Tightening the hand to democracy and communication. Talking a lot. But speaking the truth, and not what we have seen every time within the last months from both sides.

We have to make a mentality change to open our intellectual and empathetic borders, and looking for creating a common project that addresses to the welfare of all and not just a few. To stop creating barriers – neither physical, nor political, nor personal… And to leave the past and hate aside. Do not we all come from the same place?

Today’s act –also like the one in October 8th– has been a call to the silent ones, to the peaceful unionists who were immersed in a Spiral of Silence. That is why I praise it as a historical act, at least in the most recent history of Catalonia. However, I will not omit the performance of some ultras who, later on, have tried to sow hatred in a peaceful and hopeful scenario.

I do not doubt about the huge project must be behind Spain and its so plural people. A project that should resemble many of its roots, and that should be watered with abundant empathy –and, I repeat, for its utmost importance– to let go a hatred that lasts after so many years of democracy. Surely, this job belongs to everyone. First, though, another great project is to get through this long road of distance between peoples to reach together a common point: a new project for the citizens of this place called Catalonia, which is Spain.

 
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“Yo también comía cadáveres”

“I also used to eat corpses”

Esto no sólo me ha pasado esta mañana. Tampoco un par de veces más. De hecho, desde que decidí escoger el camino de respetar a las demás especies animales –el camino vegano-, esta parece ser la frase estrella para defender lo indefendible, cuando ya no quedan argumentos de peso..: “¡pues tú hace un año también comías animales!”. Al principio solía molestarme de un modo feroz esta respuesta, hasta que comprendí que es un intento de defensa propio de la ‘etapa de negación’. Y me explico: a la hora de comprender un suceso que rompe nuestros esquemas -ya sea el fallecimiento de un ser querido, o darnos cuenta de que hay una dependencia por una persona o alguna sustancia dañinas…-, existen varias etapas antes de poder superar el cambio, y la primera siempre es la de negar hasta el infinito que algo malo/incorrecto/dañino sucede. Partiendo de esto, comprendí que cuando alguien omnívoro me deja ir un “pues tú hace poco también comías carne”, es porque en su fuero interno algo le dice que lo que hace no va bien, pero se agarra con clavos ardientes a “lo normal”, a su modo de vida habitual, a lo que ha hecho siempre… y lo que parece “correcto”.

Hace diez meses, yo también comía cadáveres. Sí, lo admito. Y no me avergüenzo de ello, porque es la forma en la que me enseñaron a alimentarme. Asumo que yo crecí en una sociedad omnívora, donde los médicos recomiendan consumir “pescado”, “carne blanca” o “leche”, como si eso fueran productos, y no animales. De hecho, yo nunca he sido muy carnívora, aunque me encantaban las hamburguesas, nuggets, albóndigas o embutidos. Sobretodo esos, que ni siquiera parecían productos animales -dado su forma-, sino simplemente una masa con buen sabor.

Entonces, recapitulemos..: ¿He comido animales hasta hace un año? Sí. ¿He comido huevos y tomado leche de vaca hasta hace un año? Sí. ¿Me gustaban los productos animales que solía comer? Sí.

Por lo tanto, cuando me dicen “pero tú antes comías animales”, les digo: “sí, y me parecían muy ricos”. Remarco… muy “ricos”. Entonces, ¿por qué ahora no, y antes sí, si al fin y al cabo sabías que eran animales?

Y aquí entra… la pura conciencia, las ganas de conocer, de aprender. Para mí, aprender es un proceso de ‘caída de la venda’. ¿Te acuerdas cuando no sabías leer? Bueno, quizá no porque aprendiste de muy pequeño, pero si hablamos con nuestros abuelos o padres… ellos sí se acordarán, porque quizá lo hicieron en una edad más avanzada, cuando ya tenían conciencia. Si alguien te explica su experiencia avanzada del aprendizaje de la lectura, seguro que usará la expresión “se me cayó la venda de los ojos”. Pero no hace falta irnos a otros… ¿No has repasado nunca apuntes de la escuela con los más pequeños, y te acuerdas de cómo de difícil te parecía de niño a ti, algo que ahora parece tan simple? Cuando algo nos parece difícil de comprender a primeras, suele ser porque es algo desconocido para nosotros, y necesitamos estudiarlo/practicarlo varias veces para comprenderlo y que se nos “caiga la venda”. Así, el aprendizaje es el proceso de abrir los ojos, tomar conciencia.

En esta afirmación me respaldo para decir que sí, yo comía animales y, aunque supiera que eran animales, nunca fui plenamente consciente de lo que de verdad me estaba llevando a la boca. No hasta que no me informé del papel y de la actuación de la industria alimentaria en nuestra sociedad. En algún momento de ver vídeos de mataderos o granjas masivas, la venda de mis ojos cayó. Eso sí, no tiene por qué ser así de fácil. De hecho, yo tenía muchísimas preguntas, porque lo que es seguro es que no se nace sabiendo, ni se empieza un camino con todo aprendido.

A raíz de darme cuenta de que algo no iba bien en el mundo con algo tan básico como es nuestra alimentación, comencé a informarme por internet y mediante otras personas que apoyaban el respeto a los animales. Y pregunté, pregunté mucho. Pregunté cosas que quizá hoy me preguntan a mí y me resultan molestas. Pero gracias a preguntar, a tomar conciencia… aprendí que no siendo necesario acabar con la vida de X animales para alimentarme, no querría participar de tal masacre nunca más. 

Antes he dicho que yo comía productos animales porque me parecían ricos. La mayoría de la gente come animales porque les parecen ricos. Pero 1- ni siquiera los productos que comemos tienen sabor a carne verdadera, puesto que llevan especies a borbotones de modo que se pierda ese sabor original, y 2- ni siquiera necesitamos en nuestro organismo cantidad de productos animales que consumimos únicamente porque “están ricos”.

Por lo tanto: 1- ¿Está el sabor por encima del respeto a la vida? y 2- ¿siendo posible alimentarnos de productos no animales, deberíamos participar de tal masacre?


 

English version

This has not only happened to me this morning. Neither a couple of times more. In fact, since I decided to choose the path of respecting other animal species –the vegan road–, this seems to be the star phrase to defend the indefensible, when there are no longer any weighty arguments – “well, one year ago you also used to eat animals!“.

At first, I used to get mad fiercely to this response, until I understood that it is an attempt of self defense in the ‘denial stage‘. I explain it – when it comes to understanding an event that breaks our schemes [either the death of a beloved one, or realizing that there is a dependence on a harmful person or substance…], there are several stages before to be able to overcome the change, and the first one is always to deny to infinity that something bad/wrong/harmful happens. Starting from this, I understood that when someone omnivore sends “you also ate meat at some point”, it is because in their heart something tells them that what they do is not right, but they attach themselves to the “normal”, to their habitual way of life, to what they always have done, which is what seems “right”.

Ten months ago, I also used to eat corpses. Yes, I admit it. And I am not ashamed of it, as it is the way they taught me how to feed myself. I assume that I grew up in an omnivorous society, where doctors recommend consuming “fish”, “white meat” or “milk”, as if they were products, and not animals. In fact, I have never been very “carnivorous”, although I used to love hamburgers, nuggets, meatballs or sausages… those which did not even look like animals products – which is something that happens to many people.

So, let’s recap… – Have I eaten animals until one year ago? I have. Have I eaten eggs and drank cow’s milk until one year ago? Indeed I have. Did I like the animal products I used to eat? I did.

Therefore, when they tell me “but you used to eat animals”, I say – Yes, I used to, and they were very tasty”. Tas-ty. So, why not now, a before yes, if at the end of the day you knew they were animals?

And here comes… the pure awareness, the desire to know, to learn. For me, learning is a process of “opening the eyes“. Do you remember when you could not read? Well, maybe not because you learned from very young, but if we asked our grandparents or even parents… surely they will remember, because maybe they did at a later age, when they where already aware. If someone explains you their advanced reading learning experience, they will use the expression “I dropped the blindfold”. But we do not need to ask to others… Have you not ever reviewed school notes with the little ones, and something that now seems so simple was very difficult at your moment of learning? When something seems difficult to understand at first, it is usually because it is something unknown to us, and we need to study it/practice it several times to understand it and to let drop the blindfold. Thus, learning is the process of “opening the eyes”, becoming aware.

In this statement I support myself to say – yes, I ate animals and, even though I knew they were animals, I was never fully aware of what was really going on to my mouth. Not until I learned about the role and performance of the food industry in our society. At some point of watching videos of slaughterhouses or massive farms, the blindfold fell. Of course, it is not that easy. In fact, I had many questions, because what is certain is that you are not born knowing, nor do you start a journey with everything learned.

As a result of realizing that something was not right in the world with something as basic as our diet, I began to inform myself on the Internet and through other people who supported respect for animals. And I asked, I asked a lot. I asked things that maybe today I would find them annoying. But thanks to asking, to become aware… I learned that it is not necessary to end the life of X animals to feed me, and I would not want to participate in such a massacre anymore.

Earlier above I said that I ate animal products because they seemed tasty to me. Most people eat animals because they feel they are tasty. But 1st – not even the products we eat have the taste of real meat, since they carry species in spurts so that the original flavor is lost, and 2nd – we do not even need in our organism the quantity of animal products that we consume only because “they are tasty”.

Therefore: 1st – is the taste over respect for life? and 2nd – if it is possible to feed ourselves on non-animal products, should we participate in such a massacre?

 

El veganismo como respeto

El veganismo no se limita sólo a la comida. No sólo se basa en ingerir “verduritas”, como dicen algunos. Ser vegano tiene un gran mensaje implícito. Comer productos no animales, es sólo el resultado de unos valores fuertes e inamovibles. “Dentro de unos meses, cuando te canses de comer hierba, ya volverás a los embutidos”, he oído por ahí. Pero no entienden que esta historia no va de placer, ni de alimentación en sí. Esto va de respeto.

Detrás de un vegano, se encuentra el sentimiento de empatía; se encuentra el ideal de respeto al prójimo; se encuentra el derecho a la vida; se encuentra la sensatez de saber que el ser humano no es el amo del planeta; se encuentra una mente despierta y abierta a conocer; se encuentra el ansia de felicidad. Detrás de un vegano, hay mucho, mucho más que una dieta.

Desde que el mundo es mundo, han existido millones de especies animales (incluyendo a los insectos) que han convivido sobreviviendo a las especies más fuertes, cada uno en su hábitat.

Como leía hace poco en el libro de Eduard PunsetPor qué somos como somos’, los seres humanos hemos desarrollado nuestro rasgo más característico, la inteligencia, gracias a que hace millones de años unos meteoritos extinguieran la especie de los dinosaurios. Seguramente, si esa especie represora (por ser la que más fuerza tenía en aquél momento) no hubiera desaparecido, el ser humano hoy no sería lo que es, ni creería ser el dueño del mundo y de todo lo que este contiene, puesto que no hubiera tenido la total libertad de desarrollarse como especie fuerte e inteligente.

Hoy, somos el animal más fuerte. Y, obviamente, no hablo en términos físicos. Si bien el Halcón Peregrino es identificado por ser el animal más rápido (por alcanzar hasta 325 km/h), o el Escarabajo Rinoceronte es el más fuerte (por soportar un peso treinta veces mayor que su propio peso), el ser humano es el animal más inteligente conocido hoy día. Y esto, parece ser que es lo que nos da el imaginario beneplácito para imponer nuestra autoridad sobre todo aquello que contiene la Tierra.

Pero tenemos que ser conscientes de nuestras raíces. No podemos despegarnos tanto del suelo hasta llegar a creernos “algo” totalmente distinto a los demás animales. Porque eso es soñar. El ser humano tiene tendencia al egocentrismo y, por consiguiente, al egoísmo. No obstante, del mismo modo que nos imponemos, como ser social, reprimir muchas veces nuestros instintos y respetar a los demás seres humanos, también deberíamos despojarnos de esta voz egocéntrica y egoísta que nos llama, en muchos casos, y cultivar, así, nuestra faceta más altruista.

Una vez tenemos adherido a nuestros valores el respeto al ser humano, es importante desarrollarlo hacia las demás especies. Hay que tener en cuenta que todas las especies animales nos encontramos en la misma situación: somos seres vivos que conviven en el mismo escenario, sin saber muy bien cómo llegamos a él algún día. Y ser superiores mentalmente, no nos da derecho a imponernos de tal manera que reprimamos a las demás especies. Insisto en que todos somos animales: como decía mi profesor de filosofía en el instituto, “somos sacos de músculos y nervios”, tanto los seres humanos como los demás componentes del reino animal. Y seamos de un color u otro, o tengamos brazos o patas, o tengamos nariz o morro… al fin y al cabo estamos hechos del mismo material, más o menos pulido. Con esto no quito mérito al ser humano, que por su naturaleza ha logrado crear cosas realmente bellas (arte, ciencia, tecnología…). Pero la capacidad de crear no nos da rienda suelta a someter a los demás animales con sus otras características.

Ser conscientes de esta igualdad dentro del reino animal, y saber ser capaz de respetar a los demás seres vivos y, por consiguiente, a nuestro planeta, desde la posición del ser humano… se deduce en una grandiosidad de alma.

Este respeto por la vida; esta sensatez de saber qué somos; esta fuerza por apagar la llama egocéntrica y egoísta; esta empatía por los demás habitantes del mundo… Todo esto, es lo que describe a un vegano.

El veganismo no es una secta, y tampoco una moda. No se puede cambiar un modo de vida por moda. La cosa no va de dejar de comer carne, y ya está. Veganismo es respeto.

Contrarios

Obviamente, siempre existe quien está, no solo no involucrado en este movimiento, sino quien se define como opuesto a este. Existe quien se siente atacado por consumir carne, y no tiene ni la más mínima curiosidad por abrir la mente y pensar en por qué surge un movimiento vegano.

Existe quien no pretende hacer el mínimo esfuerzo por comprender qué está pasando por otras mentes. De hecho, existe quien se siente atacado, pero tampoco busca comprender el por qué y, por lo tanto, sólo expulsa respuestas “prediseñadas”: “los cerdos, terneros y pollos están para comer, porque así se ha hecho toda la vida”; “pero comer carne de perro como en China es una salvajada, son animales de compañía”…

Aquí entra el término especismo’ que distingue entre especies animales, siendo, en realidad, todas iguales. Pero esto es sólo un punto más en la negación, es decir, un punto más en la escala de quien evita pensar más allá, en la negación de comprender qué somos y por qué debemos respetarnos. Ninguna raza se ha dado para comer, puesto que los animales (incluidos nosotros) existimos para vivir, de ahí que la naturaleza nos haya dado el don de la reproducción.

El toreo

Claramente, el toreo es uno de los oficios más polémicos por convertir la muerte de un animal en un espectáculo de ocio. El veganismo tiene intrínseco el movimiento animalista, puesto que, como he dicho, ser vegano es no consumir carne por respeto al animal, y por respeto a la vida. Otras frases “prediseñadas” típicas en contra el movimiento vegano son tales como “los toros de la Vega son criados para el toreo, sino no existirían”;  o “el torero no es mala persona, simplemente se busca la vida”.

Es curioso cómo, en una sociedad occidental tan avanzada como la nuestra, se defiende al torero como un ‘héroe’ todavía, que se busca la vida para trabajar, en lugar de tacharlo de maltratador. Puedo comprender que tiempo atrás, con otra mentalidad social, esto estuviera aceptado, pero… Aunque hubiera habido esclavitud negra anteriormente… ¿Acaso comprendemos y admitimos la trata de personas en la actualidad?

Supervivencia

Ante las incisivas preguntas de “¿y qué pasa con los leones que comen zebras?”, pongo un paréntesis. Es verdad que existe una ley natural en que unos animales se comen a otros por supervivencia. Seguramente, biológicamente, si un león se alimentara únicamente de hierba, acabaría muriendo, debido a su masa muscular. No obstante, está comprobado que el ser humano puede vivir perfectamente sin tener que consumir productos animales, y mucho más, con la tecnología tan avanzada que posee Occidente y que le permite crear o manipular productos para nuestro beneficio nutritivo.

No obstante, es cierto que, del mismo modo que un león necesita carne, hay lugares del planeta donde los seres humanos necesitan consumir carne. Existen poblaciones de Siberia tan sumamente frías, que comer carne y vestir pieles es el único modo de sobrevivir. Esto puede hacer permisivo el hecho de acabar con una vida, del mismo modo que puede serlo para defenderte de un ataque. Son cuestiones de supervivencia. Pero no en Occidente, donde el clima es soportable y tenemos cientos de tipos de comida que llegan a cualquier rincón donde nos encontremos.

Esto es un acto de reflexión

Se hicieron mil y una películas de la industrialización de Occidente, y se divagó entre argumentos cinematográficos de un futuro mecánico, gris e inhumano. No sólo en el cine: ya conocemos obras literarias que critican la pérdida del alma de la sociedad, así como en el mundo de la música, donde también han aparecido referencias. Siempre han sido imágenes donde el hombre se convertía en producto; donde éramos nosotros quienes permanecíamos en cintas transportadoras, cuales sacos de patatas. Desde hace unos años, ha habido el temor de que el mundo del consumismo llegara tan lejos que acabáramos por perder nuestra identidad como personas. O, simplemente como seres vivos creadores de nuestras propias vidas. Creadores y vividores de nuestra propia libertad.

Parece que aún no hemos caído en cosificarnos a nosotros mismos de tal modo. Pero sí hemos perdido humanidad, en lugar de ganarla, desde que el mundo es mundo. Existe, o sigue existiendo una parte muy importante en nuestra sociedad avanzada e industrializada que se ha tornado del gris más oscuro, y con los matices más inhumanos.

Puede que aún no seamos nosotros quienes estamos al borde de convertirnos literalmente en producto, pero sí usamos nuestro poder para someter a otros seres, igualmente vivos y con capacidad de sentir: esas otras vidas que conviven con nosotros, no desde la calle, sino desde el plato.

Existen réplicas infinitas hacia quienes defienden la vida de no sólo las personas: “se ha hecho así toda la vida”, “si no nos los comiéramos, quizá no existirían”, o “necesito sus nutrientes para vivir”, son algunos de los titulares más comunes entre quienes consumen animales en su dieta diaria.

Pero son respuestas simplemente fundamentadas sobre la pereza, la debilidad, la ignorancia y el egoísmo. Salirse de los patrones ya establecidos en nuestro día a día, en nuestros supermercados, en nuestros restaurantes y, en general, en nuestra rutina y nuestras costumbres, resulta un trabajo extra. Por ello, muchas personas, “con tal de no ver cómo lo matan” -es decir, cómo acaban con la vida del ser vivo que está en su plato para su disfrute durante diez minutos- se sienten mejor. Pero esta holgazanería, esta poca fuerza de voluntad -esa voluntad que debería ser propia del ser humano social-, hace que la ignorancia y el egoísmo se apoderen de ellos.

Lo que parece que no queda claro, con la de tecnología avanzada que existe hoy en nuestra sociedad, es que somos perfectamente válidos para tener una vida cómoda y saludable -en realidad, en mayor medida que consumiendo productos animales-, sin tener que acabar con la vida de ninguna bestia.

Seguramente no sepamos ni lo que comemos, ni qué procesos ha pasado la comida que ingerimos, ni qué consume el animal que ceban y matan para que lo comamos, ni qué aditivos añaden -o qué sustancias beneficiosas quitan, para que nos volvamos más adictos a los productos animales-, ni qué efecto tienen esos alimentos en nuestro organismo a largo plazo. No sabemos nada. Nada. Pero aun así, por comodidad e ignorancia aceptada, seguimos consumiendo y siendo cómplices de múltiples asesinatos diarios.

Ejercicio de empatía

El ejercicio de empatía se encuentra en mirarnos a nosotros como posibles productos de la industria alimentaria -y no sólo alimentaria- occidental, bien cómo crían a los cerdos para después comernos su carne, o bien cómo ordeñan -y violan, y explotan- sin fin a las cabras o vacas para el posterior consumo de su leche.

La clave está en bajar el escalón de la soberbia, imaginarnos un mundo libre de reglas sociales, y darnos cuenta de que las demás especies animales son igual que nosotros, es decir, igual que aquellos quienes nos creemos creadores del mundo por habernos aislado en una realidad paralela llamada sociedad.

La deshumanización posee a Europa

Estamos tan acostumbrados a aquello que nos muestran por el televisor que llega un punto en el que no damos importancia a lo que vemos, y frivolizamos noticias de escándalo que ya no nos provocan más que un simple comentario.

Estas son informaciones, en muchos casos, acerca de nuevos sucesos de violencia de género; acerca de la inacabable negociación para formar Gobierno;… incluso barbaridades que se dan en otros países pero, que por el hecho de estar lejos y formar parte de otra cultura, “justificamos” nuestra falta de asombro y empatía.

Hace apenas una semana, me recorrió un escalofrío al ver las imágenes de un accidente en Barcelona, donde un motorista resbaló en la calzada y quedó inconsciente. El motivo de mi mal cuerpo fue la indiferencia de varios vehículos que presenciaron lo ocurrido, pero siguieron su camino sin inmutarse y sin disminuir la marcha. En especial, el taxista que tuvo que hacer una maniobra para esquivar el cuerpo inerte, sin detenerse para ver qué había sucedido o cómo se encontraba el motorista.

Ayer volví a quedarme petrificada ante la deshumanización que sufre el mundo. Un grupo de hinchas del PSV, sentados tan campantes en la terraza de una cafetería en la Plaza Mayor de Madrid, comenzaron a lanzar monedas a cinco mendigas que pedían limosna. A lanzar, sí, entre risas y gritos, como si se trataran de palomas, por ejemplo. Obviamente, las mujeres, contentas por recibir algunas monedas, no conciben ningún tipo de maldad en la acción, puesto que le están dando lo único que creen necesitar en ese momento: algo de dinero.

Conocemos la distancia que existe entre el desarrollo y el subdesarrollo. Y, lamentablemente, esta diferencia radica en el dinero. De ahí se desprende que haya más o menos educación, más o menos posibilidades. Por ello, deducimos que las sociedades más pobres y, por lo tanto, menos desarrolladas, tendrán un concepto distinto al nuestro de lo que es la dignidad. Seguramente, quien se encuentra en una situación límite, dejará la dignidad a un lado. Pero quien tiene el “poder”, el dinero, y el “desarrollo” a sus pies… es quien tiene, o debería tener más claro que nunca, qué es la dignidad.

En este caso, los hinchas del PSV no presentan ni una sola pizca de este valor: ellos, sentados en sus sillas, tirando dinero como a animales a cinco mujeres necesitadas. Con ello, lo que hacen es difuminar cualquier atisbo de dignidad, tanto por parte de ellos –quienes la pierden haciendo un ridículo monumental-, como hacia ellas –de las cuales se mofan de la situación en la que viven-.

¿Cómo intentar educar a sociedades menos desarrolladas, teniendo personalidades tan esperpénticas en la nuestra?