Mundo igualitario…

Egalitarian world…

En una sociedad igualitaria, queremos que los hombres tengan el derecho de sentirse igual de débiles que las mujeres cuando lo necesiten; que lo padres sepan que pueden cuidar y mimar a sus hijos sin prejuicios; que se enseñe a sentir de verdad, y no sólo a seguir un prototipo impuesto; que sepan defenderse del acoso, no con violencia (“la ley del más fuerte”), sino con cabeza; que puedan pedir ayuda a las mujeres sin miedo a parecer inferiores; que los niños jueguen con muñecas o vistan de rosa sin que haya voces diciéndole “no, que eso es de niñas”; que puedan hablar de sus sentimientos sin que les llamen “afeminados”; que sepan sentirse libres del “tienes que ser un hombre”.

En una sociedad igualitaria, queremos que las mujeres puedan salir a la calle sin miedo a ser perseguidas; que las noches sean seguras de acosadores adoctrinados; que puedan compartir la educación emocional de sus hijos con sus parejas masculinas; que puedan tomarse días libres para ellas mismas sin que las llamen “malas madres”; que no pierdan la esencia de mujer por tener hijos; que hablen libremente del acoso sin recibir peyorativos como “feminazi” o, peor, “buscona”; que no se las considere más débiles por tener un tamaño inferior; que no se las llame “sabiondas” cuando son sabias, o “mandonas” cuando son líderes; que su trabajo no sea considerado menos simplemente por ser de un género distinto.

En una sociedad igualitaria, queremos que la mujer y el hombre sean personas; que no tengan que llevar sobre sus hombros sacos llenos de adjetivos estereotipados; que nunca más se use el “no” para decir qué deberían o no deberían hacer como mujeres u hombres; que puedan trabajar codo a codo sin que haya prejuicios impuestos; que puedan ser compañeros de vida sin que caigan más responsabilidades sobre uno o sobre otro; que no haya violencia, y menos por el género; que unos estén realmente orgullosos de los otros porque haya triunfado la empatía por encima de la competencia y el menosprecio.


English version

In an egalitarian society, we want men to have the right to feel as weak as women whenever they need it; let fathers know that they can take care of their children without prejudice; that they can be taught to feel, and not only to follow an imposed stereotype; that they know how to defend themselves against harassment, not with violence –”the strongest”–, but from the reason; that they can ask for help from women without fear of looking inferior; that boys can play with dolls or wear pink without voices telling them “no, that’s for girls”; that they can talk about their feelings without being called “effeminate”; that they know how to feel liberated from the sentence “you have to be a man”.

In an egalitarian society, we want women to be able to go out without fear of being persecuted; that the nights are safe from indoctrinated stalkers; that they can share the emotional education of their children with their male partners; that they can take days off for themselves without being called “bad mothers”; that they don’t lose the essence of a woman because they have children; that they speak freely of the harassment without receiving pejoratives like “feminazi” or, worse, “bitch”; that they are not considered weaker because they are smaller in size; that they are not called “wiseacre” when they are wise, or “bossy” when they are leaders; that their work is not considered less just because it is made by a different gender.

In an egalitarian society, we want women and men to be people; that they do not have to carry sacks full of stereotypical adjectives on their shoulders; never again use “no” to say what they should or should not do as women or men; that they can work side by side without prejudice imposed; that they can be life partners without falling more responsibilities on one or on another; that there is no violence anymore, and less because of gender; that they can really feel proud of each other because empathy has triumphed over competition and contempt.

El derecho a la vida, por encima de todo

La interrupción voluntaria del embarazo sigue siendo un tema muy polémico en nuestra sociedad occidental, y tiene posiciones muy diversas. Parece que la opinión que está más en boga es la que favorece el aborto libre, ya que “la mujer es una persona independiente y con derecho absoluto sobre su cuerpo”. Pero… ¿es esta definición la excusa para detener la vida de un ser que se está creando en tu interior?

Es curioso cómo aquél que está a favor de la vida se le relaciona automáticamente con el grupo social más conservador, y con la Iglesia; mientras que quien está de acuerdo con frenar voluntariamente el desarrollo de la vida, se le incorpora en el grupo progresista y feminista. Son, así a grandes rasgos, las dos agrupaciones en las que se dividen los simpatizantes de ambas opiniones contrarias. ¿Que te posicionas en contra del aborto? Uy, rezumas hedor a PePero. ¿Que estás a favor de interrumpir el embarazo? Cuanto menos, podemita.

Pero… ¿nos damos cuenta de qué significa e implica el aborto? Nada tiene que ver, en absoluto, con la política. Ni tan solo con las corrientes sociales. Esto no va de grupos, o de seguidores de un movimiento. En este caso, tampoco nada tiene que ver ser feminista. Aquí lo único que participa es la moral. Y, como consecuencia de ella, la empatía. Es decir: pensar en el fin de la vida de una persona que se está formando, que tiene que nacer, que es tan frágil… y que gracias a ti puede ver y conocer el mundo, como lo hacemos nosotros, ¿no es de mente fría? Es de absoluta falta de empatía. Aquí sólo se complace al ego.

Alerta: No existe ni el blanco ni el negro, sino una verdadera escala de grises. El aborto voluntario puede tener cabida, sí, según las condiciones de la madre y del feto. Existen muchas situaciones de riesgo para el ser que se está formando y para su portadora; también circunstancias previas al embarazo muy traumáticas, como es el caso de una violación -en especial en niñas-; etc. Esto justifica la interrupción de la vida. Pero hay que tener en cuenta que es ESO lo que justifica matar a alguien que se está formando, y no “la libertad de la mujer a decidir sobre su cuerpo”, puesto que en el momento en que se está formando un ser en su interior, el singular se transforma en plural. Obviamente, la decisión sigue siendo de la mujer portadora del ser -y no de la ley-; aun así, la capacidad de buscar el aborto sin ningún cargo de conciencia, no me deja indiferente.

Actualmente tenemos suficientes métodos anticonceptivos y sobrada educación sexual como para tener que seguir en una cifra tan alta de detenciones de embarazos: 94.796 en 2014 (en España). Algunos menos en 2015. Pero siguen siendo muchas vidas que han perdido la oportunidad de conocer qué es el mundo.

Por supuesto, si no tenemos la posibilidad de sustentar a un hijo no deseado, existen medios para darles otras oportunidades, como es el caso de la adopción: miles de familias no son capaces de engendrar un hijo, y su primera meta es adoptar a un niño.

No me considero conservadora. Tampoco creyente, y mucho menos pro-Iglesia. Sólo soy provida. Y profelicidad. Considero que la vida es el primer derecho de todos. El número 1. Aquello que nos permite formar parte del mundo, de nuestra sociedad. Sin lo cual no podríamos ni estar opinando al respecto de este tema. ¿Por qué negar la vida sin más? ¿O por qué llegar al punto de crear vida para tener que cortarla después?

La empatía y el altruismo son cualidades sine qua non para participar del mundo. No hace falta decir que “el derecho de la mujer para elegir sobre su cuerpo” está por debajo del derecho a la vida. Cualquier derecho está por debajo al derecho a la vida. Porque la vida es el principio de todo.

Deberíamos vernos en perspectiva, dejar el egoísmo a un lado, y fomentar la empatía en todas las sociedades del planeta. Porque el planeta es vida, y vida somos todos.

 

 

La deshumanización posee a Europa

Estamos tan acostumbrados a aquello que nos muestran por el televisor que llega un punto en el que no damos importancia a lo que vemos, y frivolizamos noticias de escándalo que ya no nos provocan más que un simple comentario.

Estas son informaciones, en muchos casos, acerca de nuevos sucesos de violencia de género; acerca de la inacabable negociación para formar Gobierno;… incluso barbaridades que se dan en otros países pero, que por el hecho de estar lejos y formar parte de otra cultura, “justificamos” nuestra falta de asombro y empatía.

Hace apenas una semana, me recorrió un escalofrío al ver las imágenes de un accidente en Barcelona, donde un motorista resbaló en la calzada y quedó inconsciente. El motivo de mi mal cuerpo fue la indiferencia de varios vehículos que presenciaron lo ocurrido, pero siguieron su camino sin inmutarse y sin disminuir la marcha. En especial, el taxista que tuvo que hacer una maniobra para esquivar el cuerpo inerte, sin detenerse para ver qué había sucedido o cómo se encontraba el motorista.

Ayer volví a quedarme petrificada ante la deshumanización que sufre el mundo. Un grupo de hinchas del PSV, sentados tan campantes en la terraza de una cafetería en la Plaza Mayor de Madrid, comenzaron a lanzar monedas a cinco mendigas que pedían limosna. A lanzar, sí, entre risas y gritos, como si se trataran de palomas, por ejemplo. Obviamente, las mujeres, contentas por recibir algunas monedas, no conciben ningún tipo de maldad en la acción, puesto que le están dando lo único que creen necesitar en ese momento: algo de dinero.

Conocemos la distancia que existe entre el desarrollo y el subdesarrollo. Y, lamentablemente, esta diferencia radica en el dinero. De ahí se desprende que haya más o menos educación, más o menos posibilidades. Por ello, deducimos que las sociedades más pobres y, por lo tanto, menos desarrolladas, tendrán un concepto distinto al nuestro de lo que es la dignidad. Seguramente, quien se encuentra en una situación límite, dejará la dignidad a un lado. Pero quien tiene el “poder”, el dinero, y el “desarrollo” a sus pies… es quien tiene, o debería tener más claro que nunca, qué es la dignidad.

En este caso, los hinchas del PSV no presentan ni una sola pizca de este valor: ellos, sentados en sus sillas, tirando dinero como a animales a cinco mujeres necesitadas. Con ello, lo que hacen es difuminar cualquier atisbo de dignidad, tanto por parte de ellos –quienes la pierden haciendo un ridículo monumental-, como hacia ellas –de las cuales se mofan de la situación en la que viven-.

¿Cómo intentar educar a sociedades menos desarrolladas, teniendo personalidades tan esperpénticas en la nuestra?

41 años de festividad, muchos más de lucha

1789, Revolución Francesa. Contexto en que la mujer toma conciencia colectiva de su inferioridad en la sociedad con respecto al hombre. Comienzo de la lucha de reivindicación de derechos. 

Tras diferentes manifestaciones a lo largo de estos años, en 1911 mueren 146 trabajadores en la gran manzana neoyorkina, de los cuales la mayoría son mujeres. La falta de seguridad laboral es lo que provoca el incendio, que tomará el nombre de Triángulo de Fuego. A raíz de este suceso, Europa implanta el Día de la Mujer Trabajadora en su calendario. Pero no es hasta 1975 cuando el mundo entero toma conciencia de esta lucha y se hace oficial. En España se instaura en 1936, con la Guerra Civil. La sociedad comienza a hervir y se siente el ansia de libertad.

Hoy, 41 años después de que el mundo se haya dado cuenta de la falta de derechos de la mujer, me siento orgullosa de quienes comenzaron esta lucha, y de quienes la siguen todavía. Como mujer, tengo un irrefutable deseo de que las sociedades del planeta entero se equiparen, de que crezcan anhelos de igualdad, y de que seamos conscientes que todos los seres humanos somos cortados del mismo patrón, y de que tenemos las mismas capacidades para llevar a cabo cualquier tipo de trabajo. Y hablo del trabajo, concretamente, porque hoy es el Día de la Mujer Trabajadora -por lo que comenzó esta lucha-. Pero también reivindico la erradicación de la violencia de género, del uso de la fuerza en la mujer, y de muchos otros aspectos en los que se infravalora todavía la figura femenina.

Hoy es un día simbólico de victoria sobre las mentes más conservadoras, pero esta batalla debe librarse cada día, cada hora, en cada situación de desigualdad que veamos o vivamos en primera persona. Porque gracias a quienes tomaron la iniciativa de plantarse, hoy vivimos en una sociedad más avanzada, y con más derechos. Es nuestra obligación, pues, seguir con la revuelta, rechazar situaciones de desigualdad, y gritar para hacernos oír.

Sobretodo, debemos ser conscientes de que nuestro peor enemigo no es el hombre anclado en el pasado, sino la mujer que no ha tomado conciencia de su situación. Si todas nos levantamos, no hay quien nos pare.