Mundo igualitario…

Egalitarian world…

En una sociedad igualitaria, queremos que los hombres tengan el derecho de sentirse igual de débiles que las mujeres cuando lo necesiten; que lo padres sepan que pueden cuidar y mimar a sus hijos sin prejuicios; que se enseñe a sentir de verdad, y no sólo a seguir un prototipo impuesto; que sepan defenderse del acoso, no con violencia (“la ley del más fuerte”), sino con cabeza; que puedan pedir ayuda a las mujeres sin miedo a parecer inferiores; que los niños jueguen con muñecas o vistan de rosa sin que haya voces diciéndole “no, que eso es de niñas”; que puedan hablar de sus sentimientos sin que les llamen “afeminados”; que sepan sentirse libres del “tienes que ser un hombre”.

En una sociedad igualitaria, queremos que las mujeres puedan salir a la calle sin miedo a ser perseguidas; que las noches sean seguras de acosadores adoctrinados; que puedan compartir la educación emocional de sus hijos con sus parejas masculinas; que puedan tomarse días libres para ellas mismas sin que las llamen “malas madres”; que no pierdan la esencia de mujer por tener hijos; que hablen libremente del acoso sin recibir peyorativos como “feminazi” o, peor, “buscona”; que no se las considere más débiles por tener un tamaño inferior; que no se las llame “sabiondas” cuando son sabias, o “mandonas” cuando son líderes; que su trabajo no sea considerado menos simplemente por ser de un género distinto.

En una sociedad igualitaria, queremos que la mujer y el hombre sean personas; que no tengan que llevar sobre sus hombros sacos llenos de adjetivos estereotipados; que nunca más se use el “no” para decir qué deberían o no deberían hacer como mujeres u hombres; que puedan trabajar codo a codo sin que haya prejuicios impuestos; que puedan ser compañeros de vida sin que caigan más responsabilidades sobre uno o sobre otro; que no haya violencia, y menos por el género; que unos estén realmente orgullosos de los otros porque haya triunfado la empatía por encima de la competencia y el menosprecio.


English version

In an egalitarian society, we want men to have the right to feel as weak as women whenever they need it; let fathers know that they can take care of their children without prejudice; that they can be taught to feel, and not only to follow an imposed stereotype; that they know how to defend themselves against harassment, not with violence –”the strongest”–, but from the reason; that they can ask for help from women without fear of looking inferior; that boys can play with dolls or wear pink without voices telling them “no, that’s for girls”; that they can talk about their feelings without being called “effeminate”; that they know how to feel liberated from the sentence “you have to be a man”.

In an egalitarian society, we want women to be able to go out without fear of being persecuted; that the nights are safe from indoctrinated stalkers; that they can share the emotional education of their children with their male partners; that they can take days off for themselves without being called “bad mothers”; that they don’t lose the essence of a woman because they have children; that they speak freely of the harassment without receiving pejoratives like “feminazi” or, worse, “bitch”; that they are not considered weaker because they are smaller in size; that they are not called “wiseacre” when they are wise, or “bossy” when they are leaders; that their work is not considered less just because it is made by a different gender.

In an egalitarian society, we want women and men to be people; that they do not have to carry sacks full of stereotypical adjectives on their shoulders; never again use “no” to say what they should or should not do as women or men; that they can work side by side without prejudice imposed; that they can be life partners without falling more responsibilities on one or on another; that there is no violence anymore, and less because of gender; that they can really feel proud of each other because empathy has triumphed over competition and contempt.

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29O, la otra Catalunya

29O, the other Catalonia

No soy de banderas. Me siento identificada con la española en la medida en que pertenezco legalmente a España. Me identifico con la catalana en la medida en que pertenezco legalmente a Catalunya. Pero no las puedo hacer mis insignias, teniendo en cuenta que como española o catalana, no me siento ni de Sevilla, ni de Madrid, ni de Lleida, sino principalmente de mi entorno, de mi barrio, y de mi gente. Y esa insignia la llevo dentro, en mi manera de ser, y en mi manera de mirar. En la manera en la que me he ido creando a mí misma mediante mi familia, mis amistades, mi escuela, y mis experiencias. Y, en ese caso, o debería identificarme como “de mi casa”, o bien como “del mundo”, teniendo en cuenta que todos nosotros lo formamos, y no hay nada que me llene más que seguirme sumando piezas de todos los rincones del planeta.

Como decía, yo no soy de banderas. Pero sí soy de respeto y de libertad. Y hoy he querido caminarme Paseo de Gracia (en la ciudad donde nací, y que siento parte de mí por las experiencias que he vivido en ella), con mi Pentax en mano, para ver algo inaudito en todos los años que tengo de vida (que no son muchos, pero son todos los de mi existencia). He visto una gran calle (o varias) vestidas de rojo y amarillo. Banderas institucionales catalanas y españolas por doquier. Y, lo admito: la sorpresa me ha hecho esbozar una sonrisa. 

Para mí, hoy, 29 de octubre de 2017, las banderas que daban color al paseo eran reflejo de una libertad coartada durante muchos años. ¿Por quién? Quizá por prejuicios, aunque también por un pasado que todavía hace luces a la sociedad actual catalana. Esa rojigualda en asta, a modo de capa o de falda… ha sido un llamamiento, no sólo a la unión, sino a las voces calladas durante tanto tiempo por no ser tachadas de fascistas. Voces que habían preferido limitar su libertad, a ser señaladas en sus trabajos, el colegios de sus hijos… y su entorno.

Precisamente por no ser de banderas, creo en un mundo mucho más unido en el esplendor de su pluralidad. Y, desde luego, lo que no tolero son las imposiciones y el egoísmo: esas actuaciones y palabras que sólo miran a unos y olvidan a otros.

Tengo amigos y conocidos separatistas y unionistas, bastantes de ambos bandos, y siempre intento preguntar y escuchar para entender los diversos puntos de vista. ¿A qué conclusión he llegado? Lo que se quiere por ambos bandos es un cambio, o varios, porque el progreso es el futuro. ¿Y cómo se consigue? Apretando fuerte la mano a la democracia y hablando. Hablando mucho. Pero hablando de verdad, y no lo que estamos viendo estos últimos meses por parte de ambos bandos.

Hay que hacer un cambio de mentalidad, abrir nuestras fronteras intelectuales y empáticas, y querer crear un proyecto común que se dirija al bienestar de todos y no sólo de unos pocos. Dejar de crear barreras: ni físicas, ni políticas, ni personales… Y dejar el pasado y el odio a un lado. ¿No venimos todos del mismo lugar? 

El acto de hoy (también como el del pasado 8O) ha sido un llamamiento a los callados, a los pacíficos unionistas que estaban sumidos en una Espiral del Silencio. Es por eso que lo ensalzo como un acto histórico, como mínimo de la historia más reciente de Catalunya. Eso sí, en ningún momento omitiré la actuación de algunos ultras que, más tarde, han intentado sembrar el odio en un escenario pacífico y esperanzador.

No dudo que hay un proyecto enorme detrás de España y de su gente tan plural. Un proyecto que debe resembrar muchas de sus raíces, y que se debe regar con abundante empatía (y la repito, por su suma importancia) para poder dejar ir un odio que perdura después de tantos años de democracia. Sin duda, el trabajo es de todos. Pero primero, otro gran proyecto es el de conseguir recorrer este largo camino de distanciación entre pueblos para llegar juntos a un punto común: un nuevo proyecto para los ciudadanos de esta tierra que es Catalunya, que es España.


 

English version

I am not a flags person. I feel identified with the Spanish one to the extent that I belong legally to Spain. I identify myself with the Catalan in the measure I legally belong to Catalonia. But I cannot do them my badges, taking into account that as a Spanish or Catalan, I do not feel neither of Seville, nor of Madrid, nor of Lleida, but mainly from my surroundings, from my neighborhood, and from my people. And that badge is the one I carry inside, in my way of being, and in my way of looking. In the way that I have been building myself through my family, my friends, my school, and my experiences. And, in that case, I should identify myself as “belonging to my home”, or as “part of the world”, as that is where we all come from, and there is nothing that fills me more than to keep adding pieces to myself from every corner of the world.

As I said, I am not a flags person. But I do of respect and freedom. And, today, I wanted to walk Paseo de Gracia –in the city where I was born, and where it feels part of me for the experiences I have lived in–, with my Pentax camera in hand, to see something unbelievable I have never seen in all the years I am alive –which are not too many, but are all of my existence–. I have seen a large street –or several– dressed in red and yellow. Catalan and Spanish institutional flags everywhere. And, I admit: that was a surprise that made me smile.

For me, today, October 29th, 2017, the flags that were coloring the roads were reflection of a restricted freedom for many years. By whom? Perhaps by the prejudices, but also by a past that still shades the Catalan society today. That “rojigualda” in antler, as a cloak or skirt… has been a call, not only to the union, but to the voices that have been silent for so long because, otherwise, they were labeled as ‘fascists’. Voices that had preferred to limit their freedom, rather than be singled out in their jobs, their children’s schools… and from those who are around them.

Precisely for not being fan of flags, I believe in a world much more united in the splendor of its plurality. And, of course, what I do not tolerate are impositions and selfishness – those actions and words that are only directed to some, and forget the others.

I have friends from both, separatists and unionists sides, and I always try to ask and listen to understand the different points of view. What is my conclusion? The aim of two sides is the change, because progress is the future. And how it is achieved? Tightening the hand to democracy and communication. Talking a lot. But speaking the truth, and not what we have seen every time within the last months from both sides.

We have to make a mentality change to open our intellectual and empathetic borders, and looking for creating a common project that addresses to the welfare of all and not just a few. To stop creating barriers – neither physical, nor political, nor personal… And to leave the past and hate aside. Do not we all come from the same place?

Today’s act –also like the one in October 8th– has been a call to the silent ones, to the peaceful unionists who were immersed in a Spiral of Silence. That is why I praise it as a historical act, at least in the most recent history of Catalonia. However, I will not omit the performance of some ultras who, later on, have tried to sow hatred in a peaceful and hopeful scenario.

I do not doubt about the huge project must be behind Spain and its so plural people. A project that should resemble many of its roots, and that should be watered with abundant empathy –and, I repeat, for its utmost importance– to let go a hatred that lasts after so many years of democracy. Surely, this job belongs to everyone. First, though, another great project is to get through this long road of distance between peoples to reach together a common point: a new project for the citizens of this place called Catalonia, which is Spain.

 

“Yo también comía cadáveres”

“I also used to eat corpses”

Esto no sólo me ha pasado esta mañana. Tampoco un par de veces más. De hecho, desde que decidí escoger el camino de respetar a las demás especies animales –el camino vegano-, esta parece ser la frase estrella para defender lo indefendible, cuando ya no quedan argumentos de peso..: “¡pues tú hace un año también comías animales!”. Al principio solía molestarme de un modo feroz esta respuesta, hasta que comprendí que es un intento de defensa propio de la ‘etapa de negación’. Y me explico: a la hora de comprender un suceso que rompe nuestros esquemas -ya sea el fallecimiento de un ser querido, o darnos cuenta de que hay una dependencia por una persona o alguna sustancia dañinas…-, existen varias etapas antes de poder superar el cambio, y la primera siempre es la de negar hasta el infinito que algo malo/incorrecto/dañino sucede. Partiendo de esto, comprendí que cuando alguien omnívoro me deja ir un “pues tú hace poco también comías carne”, es porque en su fuero interno algo le dice que lo que hace no va bien, pero se agarra con clavos ardientes a “lo normal”, a su modo de vida habitual, a lo que ha hecho siempre… y lo que parece “correcto”.

Hace diez meses, yo también comía cadáveres. Sí, lo admito. Y no me avergüenzo de ello, porque es la forma en la que me enseñaron a alimentarme. Asumo que yo crecí en una sociedad omnívora, donde los médicos recomiendan consumir “pescado”, “carne blanca” o “leche”, como si eso fueran productos, y no animales. De hecho, yo nunca he sido muy carnívora, aunque me encantaban las hamburguesas, nuggets, albóndigas o embutidos. Sobretodo esos, que ni siquiera parecían productos animales -dado su forma-, sino simplemente una masa con buen sabor.

Entonces, recapitulemos..: ¿He comido animales hasta hace un año? Sí. ¿He comido huevos y tomado leche de vaca hasta hace un año? Sí. ¿Me gustaban los productos animales que solía comer? Sí.

Por lo tanto, cuando me dicen “pero tú antes comías animales”, les digo: “sí, y me parecían muy ricos”. Remarco… muy “ricos”. Entonces, ¿por qué ahora no, y antes sí, si al fin y al cabo sabías que eran animales?

Y aquí entra… la pura conciencia, las ganas de conocer, de aprender. Para mí, aprender es un proceso de ‘caída de la venda’. ¿Te acuerdas cuando no sabías leer? Bueno, quizá no porque aprendiste de muy pequeño, pero si hablamos con nuestros abuelos o padres… ellos sí se acordarán, porque quizá lo hicieron en una edad más avanzada, cuando ya tenían conciencia. Si alguien te explica su experiencia avanzada del aprendizaje de la lectura, seguro que usará la expresión “se me cayó la venda de los ojos”. Pero no hace falta irnos a otros… ¿No has repasado nunca apuntes de la escuela con los más pequeños, y te acuerdas de cómo de difícil te parecía de niño a ti, algo que ahora parece tan simple? Cuando algo nos parece difícil de comprender a primeras, suele ser porque es algo desconocido para nosotros, y necesitamos estudiarlo/practicarlo varias veces para comprenderlo y que se nos “caiga la venda”. Así, el aprendizaje es el proceso de abrir los ojos, tomar conciencia.

En esta afirmación me respaldo para decir que sí, yo comía animales y, aunque supiera que eran animales, nunca fui plenamente consciente de lo que de verdad me estaba llevando a la boca. No hasta que no me informé del papel y de la actuación de la industria alimentaria en nuestra sociedad. En algún momento de ver vídeos de mataderos o granjas masivas, la venda de mis ojos cayó. Eso sí, no tiene por qué ser así de fácil. De hecho, yo tenía muchísimas preguntas, porque lo que es seguro es que no se nace sabiendo, ni se empieza un camino con todo aprendido.

A raíz de darme cuenta de que algo no iba bien en el mundo con algo tan básico como es nuestra alimentación, comencé a informarme por internet y mediante otras personas que apoyaban el respeto a los animales. Y pregunté, pregunté mucho. Pregunté cosas que quizá hoy me preguntan a mí y me resultan molestas. Pero gracias a preguntar, a tomar conciencia… aprendí que no siendo necesario acabar con la vida de X animales para alimentarme, no querría participar de tal masacre nunca más. 

Antes he dicho que yo comía productos animales porque me parecían ricos. La mayoría de la gente come animales porque les parecen ricos. Pero 1- ni siquiera los productos que comemos tienen sabor a carne verdadera, puesto que llevan especies a borbotones de modo que se pierda ese sabor original, y 2- ni siquiera necesitamos en nuestro organismo cantidad de productos animales que consumimos únicamente porque “están ricos”.

Por lo tanto: 1- ¿Está el sabor por encima del respeto a la vida? y 2- ¿siendo posible alimentarnos de productos no animales, deberíamos participar de tal masacre?


 

English version

This has not only happened to me this morning. Neither a couple of times more. In fact, since I decided to choose the path of respecting other animal species –the vegan road–, this seems to be the star phrase to defend the indefensible, when there are no longer any weighty arguments – “well, one year ago you also used to eat animals!“.

At first, I used to get mad fiercely to this response, until I understood that it is an attempt of self defense in the ‘denial stage‘. I explain it – when it comes to understanding an event that breaks our schemes [either the death of a beloved one, or realizing that there is a dependence on a harmful person or substance…], there are several stages before to be able to overcome the change, and the first one is always to deny to infinity that something bad/wrong/harmful happens. Starting from this, I understood that when someone omnivore sends “you also ate meat at some point”, it is because in their heart something tells them that what they do is not right, but they attach themselves to the “normal”, to their habitual way of life, to what they always have done, which is what seems “right”.

Ten months ago, I also used to eat corpses. Yes, I admit it. And I am not ashamed of it, as it is the way they taught me how to feed myself. I assume that I grew up in an omnivorous society, where doctors recommend consuming “fish”, “white meat” or “milk”, as if they were products, and not animals. In fact, I have never been very “carnivorous”, although I used to love hamburgers, nuggets, meatballs or sausages… those which did not even look like animals products – which is something that happens to many people.

So, let’s recap… – Have I eaten animals until one year ago? I have. Have I eaten eggs and drank cow’s milk until one year ago? Indeed I have. Did I like the animal products I used to eat? I did.

Therefore, when they tell me “but you used to eat animals”, I say – Yes, I used to, and they were very tasty”. Tas-ty. So, why not now, a before yes, if at the end of the day you knew they were animals?

And here comes… the pure awareness, the desire to know, to learn. For me, learning is a process of “opening the eyes“. Do you remember when you could not read? Well, maybe not because you learned from very young, but if we asked our grandparents or even parents… surely they will remember, because maybe they did at a later age, when they where already aware. If someone explains you their advanced reading learning experience, they will use the expression “I dropped the blindfold”. But we do not need to ask to others… Have you not ever reviewed school notes with the little ones, and something that now seems so simple was very difficult at your moment of learning? When something seems difficult to understand at first, it is usually because it is something unknown to us, and we need to study it/practice it several times to understand it and to let drop the blindfold. Thus, learning is the process of “opening the eyes”, becoming aware.

In this statement I support myself to say – yes, I ate animals and, even though I knew they were animals, I was never fully aware of what was really going on to my mouth. Not until I learned about the role and performance of the food industry in our society. At some point of watching videos of slaughterhouses or massive farms, the blindfold fell. Of course, it is not that easy. In fact, I had many questions, because what is certain is that you are not born knowing, nor do you start a journey with everything learned.

As a result of realizing that something was not right in the world with something as basic as our diet, I began to inform myself on the Internet and through other people who supported respect for animals. And I asked, I asked a lot. I asked things that maybe today I would find them annoying. But thanks to asking, to become aware… I learned that it is not necessary to end the life of X animals to feed me, and I would not want to participate in such a massacre anymore.

Earlier above I said that I ate animal products because they seemed tasty to me. Most people eat animals because they feel they are tasty. But 1st – not even the products we eat have the taste of real meat, since they carry species in spurts so that the original flavor is lost, and 2nd – we do not even need in our organism the quantity of animal products that we consume only because “they are tasty”.

Therefore: 1st – is the taste over respect for life? and 2nd – if it is possible to feed ourselves on non-animal products, should we participate in such a massacre?

 

La deshumanización posee a Europa

Estamos tan acostumbrados a aquello que nos muestran por el televisor que llega un punto en el que no damos importancia a lo que vemos, y frivolizamos noticias de escándalo que ya no nos provocan más que un simple comentario.

Estas son informaciones, en muchos casos, acerca de nuevos sucesos de violencia de género; acerca de la inacabable negociación para formar Gobierno;… incluso barbaridades que se dan en otros países pero, que por el hecho de estar lejos y formar parte de otra cultura, “justificamos” nuestra falta de asombro y empatía.

Hace apenas una semana, me recorrió un escalofrío al ver las imágenes de un accidente en Barcelona, donde un motorista resbaló en la calzada y quedó inconsciente. El motivo de mi mal cuerpo fue la indiferencia de varios vehículos que presenciaron lo ocurrido, pero siguieron su camino sin inmutarse y sin disminuir la marcha. En especial, el taxista que tuvo que hacer una maniobra para esquivar el cuerpo inerte, sin detenerse para ver qué había sucedido o cómo se encontraba el motorista.

Ayer volví a quedarme petrificada ante la deshumanización que sufre el mundo. Un grupo de hinchas del PSV, sentados tan campantes en la terraza de una cafetería en la Plaza Mayor de Madrid, comenzaron a lanzar monedas a cinco mendigas que pedían limosna. A lanzar, sí, entre risas y gritos, como si se trataran de palomas, por ejemplo. Obviamente, las mujeres, contentas por recibir algunas monedas, no conciben ningún tipo de maldad en la acción, puesto que le están dando lo único que creen necesitar en ese momento: algo de dinero.

Conocemos la distancia que existe entre el desarrollo y el subdesarrollo. Y, lamentablemente, esta diferencia radica en el dinero. De ahí se desprende que haya más o menos educación, más o menos posibilidades. Por ello, deducimos que las sociedades más pobres y, por lo tanto, menos desarrolladas, tendrán un concepto distinto al nuestro de lo que es la dignidad. Seguramente, quien se encuentra en una situación límite, dejará la dignidad a un lado. Pero quien tiene el “poder”, el dinero, y el “desarrollo” a sus pies… es quien tiene, o debería tener más claro que nunca, qué es la dignidad.

En este caso, los hinchas del PSV no presentan ni una sola pizca de este valor: ellos, sentados en sus sillas, tirando dinero como a animales a cinco mujeres necesitadas. Con ello, lo que hacen es difuminar cualquier atisbo de dignidad, tanto por parte de ellos –quienes la pierden haciendo un ridículo monumental-, como hacia ellas –de las cuales se mofan de la situación en la que viven-.

¿Cómo intentar educar a sociedades menos desarrolladas, teniendo personalidades tan esperpénticas en la nuestra?

Cuando lo absurdo desautoriza la verdad

Hace unos días publicaba una entrada acerca de qué es el feminismo, un término que todavía se malinterpreta y se confunde con el antónimo de ‘machismo’: el ‘hembrismo‘ (una expresión creada por los hombres).

Bien. Hoy me siento decepcionada. Cuando pienso que la sociedad va avanzando,- y que se va asumiendo el feminismo como una lucha de todos para conseguir la igualdad de género-, va la política y derroca cualquier esperanza. Hoy todos los diarios digitales publicaban un titular similar: “Valencia estrena semáforos paritarios”. La cuestión consiste en que el partido que gobierna la ciudad, Compromís, ha decidido cambiar algunas de las figuras de los semáforos que se iluminan en verde o rojo en los pasos de peatones. ¿Cambiar a qué? Pues a figuras con falda, las cuales representan a la mujer.

Mi primera reacción -teniendo en cuenta lo absurdo de la acción- es pensar: entonces, ¿tengo que llevar falda para cruzar el paso de peatones? ¿Cuando lleve pantalón me busco el semáforo tradicional? ¿Y por qué el muñeco neutro de siempre no nos representa a nosotras?

Me frustra ver cómo se está ridiculizando algo tan importante como es el feminismo, un concepto fundamental para el progreso de la sociedad. No acabo de comprender si es que incluso ellos mismos tienen la idea errada, o es que pretenden hacer desaparecer el sentimiento de lucha por la igualdad. Pero lo que es seguro es que lo están llevando a un extremo tan absurdo, que las reacciones no nos van a dejar indiferentes.

Existen micromachismos en el comportamiento de nuestra sociedad que demuestran cómo de inculcados tenemos todavía los estereotipos “de toda la vida”: “La maternidad es crucial para una mujer”, “si viste masculina, es lesbiana”, “seguro que se ha acostado con el jefe por ese ascenso”, “es una ‘fresca’ (por vivir libremente su sexualidad)”, entre muchos otros.

No obstante, hay otros aspectos en que no es necesaria ninguna corrección, puesto que -por ejemplo- hacen referencia al plural de una palabra (que se asimila al masculino); o a una figura neutral con cabeza, brazos y piernas (sin necesidad de llevar falda). En este último caso, considero que hay mayor discriminación implementando figuras con falda, puesto que se distingue del muñeco neutro que hace referencia a una persona, no a un sexo. ¿Acaso una falda es la prenda necesaria para distinguir a la mujer?

Hay que promover la igualdad de género, pero eso no conlleva crear una mayor diferenciación entre personas o sexos, con ‘sinsentidos’ como el de distinguir los géneros incluso en los semáforos. ¿Tendrían que poner siluetas de niños y ancianos, también? O, siguiendo en la misma línea, ¿qué hay de los transexuales: se identifican con uno o con otro? ¿Habría que poner faldas en las señales de pasos de peatones, también?

En cambio, sí que existen otros indicadores en la vía urbana que denotan machismo todavía, y que deberían ser el objeto de controversia y de cambio: ¿por qué las siluetas de preferencia de una persona con bebé, debe llevar falda? ¿No tendría que aparecer un muñeco neutro con dos piernas, y fin? ¿Acaso dice que los padres (hombres) que llevan a su bebé, no tienen preferencia a la hora de sentarse en un tren, o de aparcar en un parking?

Asientos reservados

No deberíamos generar más desigualdad, sino todo lo contrario. Hay mil y una maneras de hacerlo, de neutralizar la señalización, y hay infinitas situaciones donde imponer la igualdad de género, pero parece que se está buscando todo lo contrario: desunir la sociedad, a las personas, e imponer más malestar e incluso odio. Así que, señor Joan Ribó, alcalde de Valencia, búsquese mejores asesores, y que se informen un poquito más acerca de qué es la igualdad y/o el feminismo.

Moralmente incorrecto: dícese de Donald Trump

El subtítulo de este blog escribe ‘políticamente incorrecta’. Así me considero. Detesto leer en las redes sociales comentarios sin sentido que se encierran en lo políticamente correcto y que, por lo tanto, dejan de tener validez. Hay ocasiones en que hay que ser un poco más crudo, tener consciencia de lo que está sucediendo en el mundo, y de no hacer ojos ciegos a los hechos reales, simplemente por el qué dirán.

Eso sí. Existe lo políticamente incorrecto que se acerca a la realidad, y está lo políticamente incorrecto que se convierte en lo moralmente incorrecto. Hoy seguía la actualidad política estadounidense, y he leído algo que me ha llamado la atención: Donald Trump ha asegurado que no tiene tiempo de ser “políticamente correcto” porque es tiempo de cambio y We are going to make our country great again (‘Vamos a hacer a nuestro país grande de nuevo’).

Pero las declaraciones de Trump, en las que se basa su programa electoral, no es que sean políticamente incorrectas. Son, simplemente, moralmente incorrectas: hablar de un colectivo por las malas acciones de una minoría de este –mexicanos ilegales = “corruptos delincuentes y violadores”-; asegurar que el cambio climático incentivado por el hombre es una farsa “para hacer que el sector manufacturero estadounidense pierda competitividad”; entre muchas otras.

¿Cuál es la diferencia entre lo “políticamente incorrecto” y lo “moralmente incorrecto“? La primera, rechaza ocultar ciertos problemas que vive una sociedad, simplemente porque suena desigualitario o doloroso y, de este modo, evitar críticas. Tapando la realidad, lo único que se logra es privar a muchas familias hacer justicia.
La segunda, radicaliza cualquier situación de minoría que suceda -seguramente real- y la extrapola a un gran colectivo, sin tener consciencia de las personas individuales que lo forman y de los sentimientos de estas como lo que son, personas.

Así, tocar lo moralmente incorrecto es consecuencia de ser un líder egoísta, sin empatía ni bondad por ayudar al prójimo. En mi opinión, el primer concepto claro que debería tener cualquier político con aspiraciones a gobernar un país, es que el mundo está formado por personas individuales, que ninguna es exacta a la otra, y que no se puede juzgar a unos por otros.

¿Solución? Un mayor control en todos los países del mundo, más seguridad para evitar que paguen justos por pecadores y, sobretodo, más educación moral a la gente para que seamos conscientes de qué está sucediendo en el mundo, de cómo podemos ayudar a quienes necesitan ayuda, y cómo podemos sentirnos mejor siendo menos egoístas.

La felicidad radica en la empatía y en el altruismo, y lo que está proponiendo el señor Trump para “mejorar” la primera potencia mundial es una política de ignorancia, indiferencia con respecto al ser humano, y egoísmo puro y duro.