Esto es un acto de reflexión

Se hicieron mil y una películas de la industrialización de Occidente, y se divagó entre argumentos cinematográficos de un futuro mecánico, gris e inhumano. No sólo en el cine: ya conocemos obras literarias que critican la pérdida del alma de la sociedad, así como en el mundo de la música, donde también han aparecido referencias. Siempre han sido imágenes donde el hombre se convertía en producto; donde éramos nosotros quienes permanecíamos en cintas transportadoras, cuales sacos de patatas. Desde hace unos años, ha habido el temor de que el mundo del consumismo llegara tan lejos que acabáramos por perder nuestra identidad como personas. O, simplemente como seres vivos creadores de nuestras propias vidas. Creadores y vividores de nuestra propia libertad.

Parece que aún no hemos caído en cosificarnos a nosotros mismos de tal modo. Pero sí hemos perdido humanidad, en lugar de ganarla, desde que el mundo es mundo. Existe, o sigue existiendo una parte muy importante en nuestra sociedad avanzada e industrializada que se ha tornado del gris más oscuro, y con los matices más inhumanos.

Puede que aún no seamos nosotros quienes estamos al borde de convertirnos literalmente en producto, pero sí usamos nuestro poder para someter a otros seres, igualmente vivos y con capacidad de sentir: esas otras vidas que conviven con nosotros, no desde la calle, sino desde el plato.

Existen réplicas infinitas hacia quienes defienden la vida de no sólo las personas: “se ha hecho así toda la vida”, “si no nos los comiéramos, quizá no existirían”, o “necesito sus nutrientes para vivir”, son algunos de los titulares más comunes entre quienes consumen animales en su dieta diaria.

Pero son respuestas simplemente fundamentadas sobre la pereza, la debilidad, la ignorancia y el egoísmo. Salirse de los patrones ya establecidos en nuestro día a día, en nuestros supermercados, en nuestros restaurantes y, en general, en nuestra rutina y nuestras costumbres, resulta un trabajo extra. Por ello, muchas personas, “con tal de no ver cómo lo matan” -es decir, cómo acaban con la vida del ser vivo que está en su plato para su disfrute durante diez minutos- se sienten mejor. Pero esta holgazanería, esta poca fuerza de voluntad -esa voluntad que debería ser propia del ser humano social-, hace que la ignorancia y el egoísmo se apoderen de ellos.

Lo que parece que no queda claro, con la de tecnología avanzada que existe hoy en nuestra sociedad, es que somos perfectamente válidos para tener una vida cómoda y saludable -en realidad, en mayor medida que consumiendo productos animales-, sin tener que acabar con la vida de ninguna bestia.

Seguramente no sepamos ni lo que comemos, ni qué procesos ha pasado la comida que ingerimos, ni qué consume el animal que ceban y matan para que lo comamos, ni qué aditivos añaden -o qué sustancias beneficiosas quitan, para que nos volvamos más adictos a los productos animales-, ni qué efecto tienen esos alimentos en nuestro organismo a largo plazo. No sabemos nada. Nada. Pero aun así, por comodidad e ignorancia aceptada, seguimos consumiendo y siendo cómplices de múltiples asesinatos diarios.

Ejercicio de empatía

El ejercicio de empatía se encuentra en mirarnos a nosotros como posibles productos de la industria alimentaria -y no sólo alimentaria- occidental, bien cómo crían a los cerdos para después comernos su carne, o bien cómo ordeñan -y violan, y explotan- sin fin a las cabras o vacas para el posterior consumo de su leche.

La clave está en bajar el escalón de la soberbia, imaginarnos un mundo libre de reglas sociales, y darnos cuenta de que las demás especies animales son igual que nosotros, es decir, igual que aquellos quienes nos creemos creadores del mundo por habernos aislado en una realidad paralela llamada sociedad.

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Tschüss, plástico!

Cuando comencé a darme cuenta de lo que el hombre está haciendo con el mundo, la angustia me poseyó, y mi cabeza comenzó a preguntarse por qué hacemos daño a la naturaleza, y por qué “necesitamos” hacerlo para avanzar en nuestra sociedad.

Entonces me planteé si sería posible un mundo como el de cincuenta años atrás, en el que mis padres iban a recoger la leche al lechero con un bote de vidrio, el aceite, o cualquier producto de alto consumo alimentario. Realmente, en mi temprana edad, me parecía algo prácticamente imposible de cambiar, y más sabiendo lo acostumbrada que está la gente a comprar en el supermercado su producto ya envasado, y conociendo el poder de la industria productora de plástico.

No obstante me planteé: si a mi no me importaría llevar mi recipiente de vidrio para recoger el producto en cuestión, ¿por qué sí a los demás? ¿Serán conscientes del mal que está causando un producto tan difícil de disolver naturalmente -como es el plástico- en el medio ambiente?

Tras todas aquellas frustraciones, que me han seguido durante todos estos años, me alegra y me alivia conocer noticias como estaBerlín se siente afortunada por dar a conocer la creación de un supermercado ecológico de ‘embalaje cero’.

La iniciativa recibe el nombre de Original Unverpackt, y ha sido llevada a cabo por dos chicas -Sara Wolf y Milena Glimbovski- cansadas del excesivo embalaje en la industria alimentaria. Lo mejor del proyecto, que además fue subvencionado mediante una campaña de crowdfunding, es que favorece al medio ambiente y los productos salen más económicos.

Sabemos que las personas somos animales de costumbres, que nos va a costar adaptarnos a un modo distinto de compra del producto, pero si somos conscientes de cómo podemos ayudar a nuestro planeta, deberíamos apoyar e incrementar la creación de proyectos como este. Así, “pronto” podremos decir adiós al plástico y, de este modo, eliminar imágenes tan impactantes y desoladoras como las que vemos a causa de este en el medio ambiente.

Parece que para encontrar soluciones primero hay que tocar fondo. Y, en cuanto a esto, espero que ya lo hayamos hecho.