29O, la otra Catalunya

29O, the other Catalonia

No soy de banderas. Me siento identificada con la española en la medida en que pertenezco legalmente a España. Me identifico con la catalana en la medida en que pertenezco legalmente a Catalunya. Pero no las puedo hacer mis insignias, teniendo en cuenta que como española o catalana, no me siento ni de Sevilla, ni de Madrid, ni de Lleida, sino principalmente de mi entorno, de mi barrio, y de mi gente. Y esa insignia la llevo dentro, en mi manera de ser, y en mi manera de mirar. En la manera en la que me he ido creando a mí misma mediante mi familia, mis amistades, mi escuela, y mis experiencias. Y, en ese caso, o debería identificarme como “de mi casa”, o bien como “del mundo”, teniendo en cuenta que todos nosotros lo formamos, y no hay nada que me llene más que seguirme sumando piezas de todos los rincones del planeta.

Como decía, yo no soy de banderas. Pero sí soy de respeto y de libertad. Y hoy he querido caminarme Paseo de Gracia (en la ciudad donde nací, y que siento parte de mí por las experiencias que he vivido en ella), con mi Pentax en mano, para ver algo inaudito en todos los años que tengo de vida (que no son muchos, pero son todos los de mi existencia). He visto una gran calle (o varias) vestidas de rojo y amarillo. Banderas institucionales catalanas y españolas por doquier. Y, lo admito: la sorpresa me ha hecho esbozar una sonrisa. 

Para mí, hoy, 29 de octubre de 2017, las banderas que daban color al paseo eran reflejo de una libertad coartada durante muchos años. ¿Por quién? Quizá por prejuicios, aunque también por un pasado que todavía hace luces a la sociedad actual catalana. Esa rojigualda en asta, a modo de capa o de falda… ha sido un llamamiento, no sólo a la unión, sino a las voces calladas durante tanto tiempo por no ser tachadas de fascistas. Voces que habían preferido limitar su libertad, a ser señaladas en sus trabajos, el colegios de sus hijos… y su entorno.

Precisamente por no ser de banderas, creo en un mundo mucho más unido en el esplendor de su pluralidad. Y, desde luego, lo que no tolero son las imposiciones y el egoísmo: esas actuaciones y palabras que sólo miran a unos y olvidan a otros.

Tengo amigos y conocidos separatistas y unionistas, bastantes de ambos bandos, y siempre intento preguntar y escuchar para entender los diversos puntos de vista. ¿A qué conclusión he llegado? Lo que se quiere por ambos bandos es un cambio, o varios, porque el progreso es el futuro. ¿Y cómo se consigue? Apretando fuerte la mano a la democracia y hablando. Hablando mucho. Pero hablando de verdad, y no lo que estamos viendo estos últimos meses por parte de ambos bandos.

Hay que hacer un cambio de mentalidad, abrir nuestras fronteras intelectuales y empáticas, y querer crear un proyecto común que se dirija al bienestar de todos y no sólo de unos pocos. Dejar de crear barreras: ni físicas, ni políticas, ni personales… Y dejar el pasado y el odio a un lado. ¿No venimos todos del mismo lugar? 

El acto de hoy (también como el del pasado 8O) ha sido un llamamiento a los callados, a los pacíficos unionistas que estaban sumidos en una Espiral del Silencio. Es por eso que lo ensalzo como un acto histórico, como mínimo de la historia más reciente de Catalunya. Eso sí, en ningún momento omitiré la actuación de algunos ultras que, más tarde, han intentado sembrar el odio en un escenario pacífico y esperanzador.

No dudo que hay un proyecto enorme detrás de España y de su gente tan plural. Un proyecto que debe resembrar muchas de sus raíces, y que se debe regar con abundante empatía (y la repito, por su suma importancia) para poder dejar ir un odio que perdura después de tantos años de democracia. Sin duda, el trabajo es de todos. Pero primero, otro gran proyecto es el de conseguir recorrer este largo camino de distanciación entre pueblos para llegar juntos a un punto común: un nuevo proyecto para los ciudadanos de esta tierra que es Catalunya, que es España.


English version

I am not a flags person. I feel identified with the Spanish one to the extent that I belong legally to Spain. I identify myself with the Catalan in the measure I lawfully belong to Catalonia. But I cannot do them my badges, taking into account that as a Spanish or Catalan, I do not feel either of Seville, Madrid, or Lleida, but mainly from my surroundings, my neighbourhood, and my people. That badge is the one I carry inside, in my way of being and looking: in the way that I built myself through my family, friends, school, and experiences. In any case, I should identify myself as “belonging to my home”, or “belonging to the world”. That is from where we all come. There is nothing that fills me more than to keep adding pieces to myself from every corner of the world.

As I said, I am not a flags person. But I do of respect and freedom. And, today, I wanted to walk Paseo de Gracia –in the city where I was born, and where it feels part of me for the experiences I have lived in–, with my Pentax camera in hand, to see something unbelievable I have never seen in all the years I am alive –which are not too many, but are all of my existence–. I have seen a high street –or several– dressed in red and yellow — Catalan and Spanish institutional flags everywhere. And, I admit: that was a surprise that made me smile.

For me, today, October 29th, 2017, the flags that were colouring the roads were a reflection of restricted freedom for many years. By whom? Perhaps by the prejudices, but also by a past that still shades the Catalan society today. That “rojigualda” in antler, as a cloak or skirt… has been a call to union and to the voices that were silent for not to be labeled as ‘fascists’. People that preferred to limit its freedom, rather than be singled out in their jobs, their children’s schools and from those who are around them.

Precisely for not being a fan of flags, I believe in a world much more united in the splendour of its plurality. And, of course, what I do not tolerate are impositions and selfishness – those actions and words that are only direct to some, and forget the others.

I have friends from both separatists and unionists sides, and I always try to ask and listen to understand the different points of view. What is my conclusion? The aim of the two sides is the change because progress is the future. And how can be achieved? Tightening the hand to democracy and communication and talking a lot. But speaking the truth, and not what we have seen every time within the last months from both sides.

We have to make a mentality change to open our intellectual and empathetic borders, and looking for creating a joint project that addresses the welfare of all and not just a few. To stop creating barriers – neither physical, nor political, nor personal, and to leave the past and hate aside. Do not we all come from the same place?

Today’s act –like the one on October 8th– has been a call to the silent ones, to the peaceful unionists who have been immersed in a Spiral of Silence. That is why I praise it as an act that will be part of the most recent history of Catalonia. However, I will not omit the performance of some ultras who, later on, have tried to sow hatred in a peaceful and hopeful scenario.

I do not doubt that the massive project must be behind Spain and its so plural people. A project that should resemble many of its roots, and that should be watered with abundant empathy –and, I repeat, for its utmost importance– to let go a hatred that lasts after so many years of democracy. Admittedly, this job belongs to everyone. First, though, another great project is to get through this long road of the distance between peoples to reach together a common point: a new plan for the citizens of this place called Catalonia, which is Spain.

 

Moralmente incorrecto: dícese de Donald Trump

El subtítulo de este blog escribe ‘políticamente incorrecta’. Así me considero. Detesto leer en las redes sociales comentarios sin sentido que se encierran en lo políticamente correcto y que, por lo tanto, dejan de tener validez. Hay ocasiones en que hay que ser un poco más crudo, tener consciencia de lo que está sucediendo en el mundo, y de no hacer ojos ciegos a los hechos reales, simplemente por el qué dirán.

Eso sí. Existe lo políticamente incorrecto que se acerca a la realidad, y está lo políticamente incorrecto que se convierte en lo moralmente incorrecto. Hoy seguía la actualidad política estadounidense, y he leído algo que me ha llamado la atención: Donald Trump ha asegurado que no tiene tiempo de ser “políticamente correcto” porque es tiempo de cambio y We are going to make our country great again (‘Vamos a hacer a nuestro país grande de nuevo’).

Pero las declaraciones de Trump, en las que se basa su programa electoral, no es que sean políticamente incorrectas. Son, simplemente, moralmente incorrectas: hablar de un colectivo por las malas acciones de una minoría de este –mexicanos ilegales = “corruptos delincuentes y violadores”-; asegurar que el cambio climático incentivado por el hombre es una farsa “para hacer que el sector manufacturero estadounidense pierda competitividad”; entre muchas otras.

¿Cuál es la diferencia entre lo “políticamente incorrecto” y lo “moralmente incorrecto“? La primera, rechaza ocultar ciertos problemas que vive una sociedad, simplemente porque suena desigualitario o doloroso y, de este modo, evitar críticas. Tapando la realidad, lo único que se logra es privar a muchas familias hacer justicia.
La segunda, radicaliza cualquier situación de minoría que suceda -seguramente real- y la extrapola a un gran colectivo, sin tener consciencia de las personas individuales que lo forman y de los sentimientos de estas como lo que son, personas.

Así, tocar lo moralmente incorrecto es consecuencia de ser un líder egoísta, sin empatía ni bondad por ayudar al prójimo. En mi opinión, el primer concepto claro que debería tener cualquier político con aspiraciones a gobernar un país, es que el mundo está formado por personas individuales, que ninguna es exacta a la otra, y que no se puede juzgar a unos por otros.

¿Solución? Un mayor control en todos los países del mundo, más seguridad para evitar que paguen justos por pecadores y, sobretodo, más educación moral a la gente para que seamos conscientes de qué está sucediendo en el mundo, de cómo podemos ayudar a quienes necesitan ayuda, y cómo podemos sentirnos mejor siendo menos egoístas.

La felicidad radica en la empatía y en el altruismo, y lo que está proponiendo el señor Trump para “mejorar” la primera potencia mundial es una política de ignorancia, indiferencia con respecto al ser humano, y egoísmo puro y duro.